domingo, 17 de mayo de 2015
miércoles, 13 de mayo de 2015
Identidad de los seres - fragmento - de Chuang Tzu
1 - Tzu-Ch'i, de la barriada del Sur, estaba sentado en su diván. Suspiraba mirando al cielo. Estaba en éxtasis, como si (espíritu) hubiera perdido al compañero (al cuerpo). Yen Ch'eng Tzu Yu, que estaba a su lado y le servía como discípulo, le pregunta:
¿Dónde estaba su merced? ¿Cómo puede quedar así un cuerpo como tronco seco y cómo puede el corazón quedar así como cal muerta? El que ahora está recostado en ese diván no es el mismo que el de hace un momento. Tzu-Ch'i le dijo: Yen, no haces bien en preguntármelo. En este momento he perdido mi yo, ¿lo sabes? Puede ser que tú hayas oído las músicas de los organillos de los hombres, pero no la de los organillos de la tierra. Tal vez hayas también oído la de los órganos de la tierra, pero no la de los órganos del cielo.
Tzu Yu le dice: Por favor, ¿cómo es eso? Tzu Ch'i le contesta: El hipo de la Gran Masa se llama viento. De ordinario no sopla. Cuando sopla, todas las oquedades braman desaforadamente. ¿Sólo tú no has oído nunca su zumbido y no has visto cómo sacude los bosques de las colinas? Las oquedades de los troncos de corpulentos árboles de cien brazadas de circunferencia se parecen a narices, bocas, orejas, capiteles, cercos, morteros, hoyos y hondonadas. Los sonidos que emiten son murmullos de cascadas, silbidos, susurros, clamores, suspiros, mugidos, estruendo de profundos barrancos. Entonan éstos y responden aquéllos. Es sinfonía callada de murmullos de mansas brisas; es el grandioso concierto de vientos huracanados. Cesado el vendaval, todas las oquedades quedan vacías, sin sonido.
¿Sólo tú no has visto ser mecidos suavemente o sacudidos violentamente?
2 - Tzu Yu repuso: La música terrestre es la de la multitud de esas oquedades; la música humana es la de los organillos de bambú. Quisiera preguntarle por la música del organillo celeste.
Tzu Ch'i contesta: Con el soplo todas las cosas se discriminan, haciéndose cada uno lo que es con el ser que ha tomado. Pero ¿qué es lo que a ello les impulsa?
La gran sabiduría es amplitud. La sabiduría pequeña es discriminación. Las grandes doctrinas son fuego que todo lo devora. Las pequeñas son tiquismiquis de distinciones. Así, lo que en el sueño el espíritu asocia y mezcla, en la vigilia el cuerpo separa y distingue. Al entablar contacto (con las cosas) se traba el corazón con ellas, originándose en él lucha diaria. Tan pronto se ensancha como se sume en las honduras y se encierra obstinadamente. Son pequeñas inquietudes que le acucian o son grandes temores que le paralizan totalmente. Brotan como disparadas por resorte de ballesta. Quien las dispara son las distinciones del es y del no es (verdadero y falso, bueno y malo). Las guardamos con la misma fidelidad con que se guarda un pacto. Guardarlo, decimos ser victoria nuestra. Así se va marchitando (nuestro espíritu), muriendo como muere la naturaleza a la llegada del otoño e invierno; es decir, día por día. Una vez hundidos y anegados, ya no hay posibilidad de emerger de nuevo. Hundiéndonos más en ellas a medida que la vejez avanza. Nada podrá volver a la luz un corazón recién muerto.
La alegría y la ira, la tristeza y el gozo, las preocupaciones y los lamentos están en mudanza continua o pertinaz persistencia. Van brotando con liviana lujuria y profusa prodigalidad, como sonidos que nacen en el vacío y hongos que cría la humedad. Alternan día y noche ante nosotros y desconocemos dónde brotan. ¡Basta ya, basta ya! ¿Podremos tal vez descubrir, de la mañana a la noche, el origen de dónde nacen? No existe mi yo sin que exista aquel otro. Y sin un yo no hay quien los asuma. Está, pues, muy cerca de mí la causa y todavía ignoro el causante. Si tienen señor verdadero que los gobierna, no se descubre su semblanza. El que pueda obrar y actuar basta para creer que existe, pero no es posible ver su figura.
Tiene realidad, pero no tiene figura.
Chuang Tzu
La traducción y las notas corresponden al doctor en teología y filosofía, Carmelo Elorduy.
Aclaraciones útiles sobre algunas expresiones:
- Identidad de los seres:
Todas las cosas son igualmente buenas. Como decía Heráclito, "todas las cosas en la divinidad
(mundo) son bellas, buenas y justas. Son los hombres quienes las estiman unas justas y otras
injustas".
- La gran masa:
Es la naturaleza y el universo. El viento es su respiración o su hipo. Los griegos creían también
que el mundo era un animal viviente, animado por el Alma Universal. Anaximandro y Anaxímenes
hablan de su respiración.
- Quien las dispara son las distinciones del es y del no es:
Lo mismo dicen los estoicos: "No son las cosas las que turban al hombre, sino las opiniones que
tenemos sobre las cosas".
¿Dónde estaba su merced? ¿Cómo puede quedar así un cuerpo como tronco seco y cómo puede el corazón quedar así como cal muerta? El que ahora está recostado en ese diván no es el mismo que el de hace un momento. Tzu-Ch'i le dijo: Yen, no haces bien en preguntármelo. En este momento he perdido mi yo, ¿lo sabes? Puede ser que tú hayas oído las músicas de los organillos de los hombres, pero no la de los organillos de la tierra. Tal vez hayas también oído la de los órganos de la tierra, pero no la de los órganos del cielo.
Tzu Yu le dice: Por favor, ¿cómo es eso? Tzu Ch'i le contesta: El hipo de la Gran Masa se llama viento. De ordinario no sopla. Cuando sopla, todas las oquedades braman desaforadamente. ¿Sólo tú no has oído nunca su zumbido y no has visto cómo sacude los bosques de las colinas? Las oquedades de los troncos de corpulentos árboles de cien brazadas de circunferencia se parecen a narices, bocas, orejas, capiteles, cercos, morteros, hoyos y hondonadas. Los sonidos que emiten son murmullos de cascadas, silbidos, susurros, clamores, suspiros, mugidos, estruendo de profundos barrancos. Entonan éstos y responden aquéllos. Es sinfonía callada de murmullos de mansas brisas; es el grandioso concierto de vientos huracanados. Cesado el vendaval, todas las oquedades quedan vacías, sin sonido.
¿Sólo tú no has visto ser mecidos suavemente o sacudidos violentamente?
2 - Tzu Yu repuso: La música terrestre es la de la multitud de esas oquedades; la música humana es la de los organillos de bambú. Quisiera preguntarle por la música del organillo celeste.
Tzu Ch'i contesta: Con el soplo todas las cosas se discriminan, haciéndose cada uno lo que es con el ser que ha tomado. Pero ¿qué es lo que a ello les impulsa?
La gran sabiduría es amplitud. La sabiduría pequeña es discriminación. Las grandes doctrinas son fuego que todo lo devora. Las pequeñas son tiquismiquis de distinciones. Así, lo que en el sueño el espíritu asocia y mezcla, en la vigilia el cuerpo separa y distingue. Al entablar contacto (con las cosas) se traba el corazón con ellas, originándose en él lucha diaria. Tan pronto se ensancha como se sume en las honduras y se encierra obstinadamente. Son pequeñas inquietudes que le acucian o son grandes temores que le paralizan totalmente. Brotan como disparadas por resorte de ballesta. Quien las dispara son las distinciones del es y del no es (verdadero y falso, bueno y malo). Las guardamos con la misma fidelidad con que se guarda un pacto. Guardarlo, decimos ser victoria nuestra. Así se va marchitando (nuestro espíritu), muriendo como muere la naturaleza a la llegada del otoño e invierno; es decir, día por día. Una vez hundidos y anegados, ya no hay posibilidad de emerger de nuevo. Hundiéndonos más en ellas a medida que la vejez avanza. Nada podrá volver a la luz un corazón recién muerto.
La alegría y la ira, la tristeza y el gozo, las preocupaciones y los lamentos están en mudanza continua o pertinaz persistencia. Van brotando con liviana lujuria y profusa prodigalidad, como sonidos que nacen en el vacío y hongos que cría la humedad. Alternan día y noche ante nosotros y desconocemos dónde brotan. ¡Basta ya, basta ya! ¿Podremos tal vez descubrir, de la mañana a la noche, el origen de dónde nacen? No existe mi yo sin que exista aquel otro. Y sin un yo no hay quien los asuma. Está, pues, muy cerca de mí la causa y todavía ignoro el causante. Si tienen señor verdadero que los gobierna, no se descubre su semblanza. El que pueda obrar y actuar basta para creer que existe, pero no es posible ver su figura.
Tiene realidad, pero no tiene figura.
Chuang Tzu
La traducción y las notas corresponden al doctor en teología y filosofía, Carmelo Elorduy.
Aclaraciones útiles sobre algunas expresiones:
- Identidad de los seres:
Todas las cosas son igualmente buenas. Como decía Heráclito, "todas las cosas en la divinidad
(mundo) son bellas, buenas y justas. Son los hombres quienes las estiman unas justas y otras
injustas".
- La gran masa:
Es la naturaleza y el universo. El viento es su respiración o su hipo. Los griegos creían también
que el mundo era un animal viviente, animado por el Alma Universal. Anaximandro y Anaxímenes
hablan de su respiración.
- Quien las dispara son las distinciones del es y del no es:
Lo mismo dicen los estoicos: "No son las cosas las que turban al hombre, sino las opiniones que
tenemos sobre las cosas".
miércoles, 1 de abril de 2015
El principio de la inteligencia
Un interlocutor le pregunta a Krishnamurti: La inteligencia,
¿forma el carácter?
Krishnamurti:
Qué entendemos por “carácter”? ¿Y qué entendemos por “inteligencia”? Todos
los políticos –ya sean de la variedad de Delhi o el voceador local de ustedes-
continuamente usan palabras tales como “carácter”, “ideal”, “inteligencia”,
“religión”, “Dios”, Escuchamos estas palabras con atención absorta porque
parecen muy importantes. La mayoría de nosotros vive de palabras; y cuanto más
elaboradas y exquisitas son las palabras, más satisfechos nos sentimos.
Averigüemos, pues, qué es lo que entendemos por “inteligencia” y que entendemos por “carácter”.
No digan que no contesto de una manera definida. Buscar definiciones,
conclusiones, es uno de los trucos de la mente y significa que no quieren
investigar y comprender, que sólo quieren seguir las palabras.
¿Qué es la inteligencia? Si un hombre está atemorizado,
ansioso, si siente envidia, codicia, si su mente copia, imita y está repleta
con el conocimiento y las experiencias de otras personas, si su pensar se halla
limitado y moldeado por la sociedad, por el miedo, ¿es inteligente un hombre así?
No lo es, ¿verdad? ¿Y puede tener carácter un hombre temeroso, no inteligente?
– siendo el carácter algo original, no
la mera repetición de los tradicionales debes y no debes-. ¿Es carácter la
respetabilidad?
¿Entienden lo que significa esa palabra “respetabilidad”?
Uno es respetable cuando es estimado, respetado por la
mayoría de las personas que lo rodean. ¿Y qué es lo que la mayoría de las
personas respetan, qué respetan las personas de la familia, las personas de la
masa? Respetan las cosas que ellas mismas desean y que han protegido como una meta, como un ideal; respetan aquello que
presumen en contraste con su propio estado inferior.
Si uno es rico y poderoso o tiene o tiene gran renombre
político o ha escrito libros de éxito, es respetado por la mayoría. Lo que uno
dice puede ser un completo disparate, pero cuando habla, la gente lo escucha
porque lo considera un gran hombre. Y cuando de esa manera te has ganado el
respeto de los muchos, el seguimiento de la multitud, eso te da un sentido de
respetabilidad, un sentimiento de que has llegado. Pero el así llamado pecador
está más cerca de Dios que el hombre respetable, porque el hombre respetable
está investido de hipocresía.
¿Es el carácter el resultado de la imitación, de ser
controlado por el miedo a lo que la gente dirá o no dirá? ¿Es el mero
fortalecimiento de nuestras propias tendencias, de nuestros propios prejuicios?
¿Es el sostenimiento de la tradición, ya sea de la India, de Europa o de
América? Eso es lo que generalmente se llama tener carácter: ser una persona
fuerte que sostiene la tradición local y así es respetada por los muchos. Pero
cuando uno prejuzga, imita, cuando está atado por la tradición, cuando tiene
miedo, ¿hay inteligencia, hay carácter? Imitar, seguir, rendir culto, tener ideales…
ese camino conduce a la respetabilidad, pero no a la comprensión. Un hombre de
ideales es respetable, pero jamás estará cerca de Dios, jamás sabrá lo que es
el amor, porque sus ideales son un medio para ocultar su temor, su imitación,
su sentimiento de soledad.Por lo tanto, sin comprendernos a nosotros mismos, sin darnos cuenta de todo lo que está operando en nuestra propia mente: cómo pensamos, si estamos imitando, copiando, si tenemos miedo, si estamos buscando el poder, no puede haber inteligencia. Y la que crea el carácter es la inteligencia, no el culto al héroe o la persecución de un ideal. La comprensión de nosotros mismos, de nuestro propio y extraordinariamente complicado yo, es el principio de la inteligencia, la cual revela el carácter.
J. Krishnamurti
viernes, 27 de febrero de 2015
El espíritu en cautiverio -fragmento-
Es muy usual que, cuando un hombre llega a un trato espiritual íntimo con Dios, se sienta completamente cambiado interiormente. nuestro espíritu sufre una conversión, una metanoia, que reorienta nuestro ser íntegro luego de elevarlo a un nuevo nivel -e incluso pareciera que cambia nuestra naturaleza misma-.
Entonces, la "auto-realización" se convierte en la consciencia de que somos completamente distintos de nuestros egos normales empíricos. Al mismo tiempo, estamos vívidamente conscientes del hecho que este nuevo modo de ser es verdaderamente más "normal" que la existencia ordinaria. Es más "natural" estar "fuera de nosotros mismos" y ser llevados libre, íntegramente hacia el "Otro" -hacia Dios en Sí mismo o hacia otros hombres- que lo que es el estar centrados y encerrados en nosotros mismos. Nos sentimos más verdaderamente humanos cuando nos elevamos al plano de lo divino.
Nos trascendemos a nosotros mismos, nos vemos bajo una nueva luz al perdernos de vista, dejando de vernos para ver a Dios. Así, en un solo acto, efectuamos el doble movimiento de volver a nosotros y salir de nosotros, lo cual nos devuelve al estado paradisíaco para el que fuimos originalmente creados.
Es una lástima que esta metanoia sea tan rara -a menudo completamente desconocida- en la vida de los hombres. En verdad, ningún poder natural, ninguna humana ingenuidad, ningún coraje ni generosidad extremos son suficientes por sí mismos para producir semejante cambio del corazón.
Debe hacerce por obra de Dios, la obra de la gracia. Es un don divino. Pero si este don es raro, no es debido a ninguna mezquindad por parte de un Dios infinitamente liberal. Es debido a nuestro temor, a nuestra ceguera, a nuestra ignorancia, a nuestro odio por el riesgo. Porque, después de todo, para poder efectuar ese salto hacia el exterior debemos querer dejar todo lo que nos pertenece: todos nuestros planes, todas nuestras dudas, todos nuestros juicios. Eso no significa que dejemos de pensar y de actuar, sino que estemos preparados para cualquier cambio que la acción de Dios pueda realizar en nuestras vidas.
De esta prontitud para cambiar depende nuestro destino sobrenatural íntegro. Existen pocos contemplativos verdaderos en el mundo porque hay pocos hombres que puedan perderse por completo a sí mismos, estando enteramente dispuestos a amar. Vale decir, hay pocos que pueden renunciar a sus propios métodos de automantenimiento en el viaje espiritual hacia Dios. Esto equivale a decir que hay muy poca fe, aun entre personas religiosas. Quizá especialmente entre ellas.
Porque cuando un hombre se acerca a Dios y comienza a descubrir que el Señor está oculto en las nubes de una trascendencia infinita e inexorable, comienza a tener miedo del Unico que es completamente Otro.
Thomas Merton
Entonces, la "auto-realización" se convierte en la consciencia de que somos completamente distintos de nuestros egos normales empíricos. Al mismo tiempo, estamos vívidamente conscientes del hecho que este nuevo modo de ser es verdaderamente más "normal" que la existencia ordinaria. Es más "natural" estar "fuera de nosotros mismos" y ser llevados libre, íntegramente hacia el "Otro" -hacia Dios en Sí mismo o hacia otros hombres- que lo que es el estar centrados y encerrados en nosotros mismos. Nos sentimos más verdaderamente humanos cuando nos elevamos al plano de lo divino.
Nos trascendemos a nosotros mismos, nos vemos bajo una nueva luz al perdernos de vista, dejando de vernos para ver a Dios. Así, en un solo acto, efectuamos el doble movimiento de volver a nosotros y salir de nosotros, lo cual nos devuelve al estado paradisíaco para el que fuimos originalmente creados.
Es una lástima que esta metanoia sea tan rara -a menudo completamente desconocida- en la vida de los hombres. En verdad, ningún poder natural, ninguna humana ingenuidad, ningún coraje ni generosidad extremos son suficientes por sí mismos para producir semejante cambio del corazón.
Debe hacerce por obra de Dios, la obra de la gracia. Es un don divino. Pero si este don es raro, no es debido a ninguna mezquindad por parte de un Dios infinitamente liberal. Es debido a nuestro temor, a nuestra ceguera, a nuestra ignorancia, a nuestro odio por el riesgo. Porque, después de todo, para poder efectuar ese salto hacia el exterior debemos querer dejar todo lo que nos pertenece: todos nuestros planes, todas nuestras dudas, todos nuestros juicios. Eso no significa que dejemos de pensar y de actuar, sino que estemos preparados para cualquier cambio que la acción de Dios pueda realizar en nuestras vidas.
De esta prontitud para cambiar depende nuestro destino sobrenatural íntegro. Existen pocos contemplativos verdaderos en el mundo porque hay pocos hombres que puedan perderse por completo a sí mismos, estando enteramente dispuestos a amar. Vale decir, hay pocos que pueden renunciar a sus propios métodos de automantenimiento en el viaje espiritual hacia Dios. Esto equivale a decir que hay muy poca fe, aun entre personas religiosas. Quizá especialmente entre ellas.
Porque cuando un hombre se acerca a Dios y comienza a descubrir que el Señor está oculto en las nubes de una trascendencia infinita e inexorable, comienza a tener miedo del Unico que es completamente Otro.
Thomas Merton
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