domingo, 10 de marzo de 2013

LA COMPASIÓN

La compasión y el amor son muy preciosos en la vida. Carecen de complicación. Son sentimientos sencillos, pero difíciles de aplicar.
La compasión puede ponerse en práctica si reconocemos el hecho de que cada ser humano es un miembro de la humanidad y de la familia humana, al margen de la religión, cultura, color y credo que tenga. En el fondo no hay ninguna diferencia.
Si sientes amor y compasión hacia todos los seres sintientes, en particular hacia tu enemigo, eso es el amor y la compasión verdaderos. Ahora bien, la clase de amor o compasión que sientes por tus amigos, tu esposa y tus hijos no es en esencia una real bondad, sino apego. Esa clase de amor no puede ser infinito.

Dalai Lama

"El origen de todo gozo en este mundo es la búsqueda de la felicidad de los otros; el origen de todo sufrimiento es la búsqueda de mi propia felicidad".

En este valle de lágrimas, el deber de la compasión nace de la comprensión del sufrimiento. Principio dinámico y generoso de la realización espiritual, precepto fundamental del budismo y más aún para los seguidores del Gran Vehículo, el acto de compasión es una virtud suprema. El ideal de compasión pone freno a los sentimientos egoístas de un yo poco moderado. La compasión, más allá de la simpatía y la empatía, es el poder salvador de compartir el sufrimiento del otro, de aliviar, de liberar y de reconfortar sin hacer excepciones, entre el próximo y el enemigo. El otro es idéntico a sí mismo. El amor reduce el miedo a la nada y se convierte en compasión ante el dolor. En lugar de mirar por su propia persona, el acto de abnegación pavimenta el sendero búdico. Ayudar, dar, servir al prójimo sin orgullo ni sentimiento de superioridad moral, sin propasarse y sin precipitarse, todo esto participa en la apertura protectora del espíritu sobre el mundo exterior. "Elixir supremo", "esencia del despertar", la compasión expresa el cumplimiento de un estado de unión con todo lo que vive. Fuente de curación existencial, la energía del corazón disipa la ignorancia.

Jean-Luc Toula-Breysse